El primer semestre de 2026, el Taller Inaugural del MARQ reunió a dos oficinas internacionales —BRUTHER, de París, y PARABASE, de Basilea— cuyas propuestas cuestionaron los sistemas que dan forma a lo construido, ya sea desde la organización política del espacio o desde la materialidad industrial.

La primera mitad del semestre, guiada por Stéphanie Bru y Alexandre Theriot (BRUTHER), tomó como campo de trabajo el Cementerio General de Santiago, bajo el título “The Uninhabitable”. Partiendo de la lectura del cementerio como miniatura de la ciudad neoliberal —un territorio de propiedad absoluta, donde el suelo está enteramente dividido,la jerarquía social está inscrita en la forma construida, y donde incluso el tiempo de permanencia de los restos está sujeto a contrato—, el taller propuso un método riguroso de tres pasos: observar el sistema existente, identificar sus fracturas normativas y construir una transgresión precisa y situada dentro de esa misma estructura. Lo “inhabitable” está entendido como una organización política que excluye ciertos usos; el desafío consistió en desplazar sus reglas sin abolirlas, encontrando en cada intersticio la posibilidad de una arquitectura de la colectividad.

Por su parte, la segunda mitad del semestre, guiada por Carla Ferrando y Pablo Garrido (PARABASE), se desarrolló bajo el título “Trans-ducciones”. El taller partió de la noción de transducción —el proceso de transformar un tipo de energía o información en otro distinto— para pensar la arquitectura como resultado de transferencias tecnológicas entre industrias. Los estudiantes debieron investigar, catalogar y apropiarse de componentes industriales ajenos al campo disciplinar —premoldeados, sistemas metálicos, membranas, placas— para luego prototiparlos a escala real y finalmente extrapolarlos en el diseño de un refugio simple. El taller se propuso abandonar la pregunta de qué cosa nueva se puede hacer y más bien cuestionar qué se puede hacer con lo que ya existe.

La coexistencia de ambos talleres permitió a los estudiantes reconocer que toda arquitectura opera dentro de sistemas preexistentes —ya sean jurídicos e institucionales, o industriales y materiales— y que la capacidad crítica y proyectual no reside en partir de cero, sino en saber leer, habitar y transformar aquello que ya está ahí.